sábado, 13 de mayo de 2017

POESÍA LA LOBA

 

Está cincelada en mi conciencia,

Una efigie de barro humedecido,

Y no en la sola conciencia de mi cuerpo

Por la inútil protesta enmohecido,

Sino en la recia conciencia de la idea,

En la fuerza de la razón,

Y en la tibia dignidad que nos rodea.

 

Es la efigie de una mujer,

De barro dije,

Porque es la tierra la que nutre sus pesares;

Es la tierra donde finca sus altares,

Donde crece el débil y el más fuerte,

Donde siembran la vida y cosechan la muerte.

 

Mientras canta el cenzontle

Se trabaja la tierra;

Mientras toda la flora se cubre de rocío,

La tierra se trabaja.

 

La yunta corta el surco cual filo de navaja

Con la ilusión más santa,

Que el jornal se termina,

Cuando el sol ya declina

Y el cenzontle no canta.

 

Ahí entre la huizacheara y entre los matorrales,

Muy cerca del encino donde la fronda oculta

La historia del nahual,

Ahí vivió Nemecia,

Su casita de palma tenía como chinámil

Un cerco de acahual.

Fue ahí donde sus cantos arrullaron al hijo,

Le vio crecer sumiso y madurar violento,

Siempre con la mirada perdida bajo el sol.

 

Crisanto era rebelde,

Creía que era indigna la vida de su pueblo,

Que era vano el esfuerzo y que era inútil su queja,

Porque en la resolana siempre se confundía

Su pena con la tierra y su cuerpo con las bestias.

 

Y era peor que la bestia, más que todas las bestias,

Porque dentro de su alma sangraba la protesta.

 

Nemecia era tan mansa como una corderita,

Era enjuta y pequeña, olía siempre a campo

Y a la fragancia tenue de las flores marchitas.

 

Era como una espiga entre flores de cactus,

Y prodigaba su aroma en el sonido de su voz,

Cual canto de la paloma.

 

Anudaba a sus trenzas la cinta de colores

Cobijando sus sueños bajo del toronjil,

 

Cuando escuchó muy cerca el angustioso grito,

Un niño la llamaba corriendo entre el calmil.

 

-¡Nemecia! -le decía-

Se llevan a Crisanto porque robó una vaca,

que's que, es abigeo y te lo van a colgar.

 

Lo llevaron pal'cerro, -el niño repetía-,

Se fueron por la joya y en el amate prieto

Te lo van a colgar.

 

Mientras lloraba el niño. Nemecia se encrespaba

Como animal salvaje a punto de atacar.

Surgiendo el cambio brusco,

El cardo por el nardo. Pantera por cordera.

De la ovejita mansa a la loba matrera.

 

Con la fuerza salvaje y transformada en fiera.

Se levantó la madre,  ya no miró aquel niño

que triste suplicaba: ¡Reza Nemecia, reza!

¡Reza pa'que la Virgen te oiga, la Virgen es muy buena

y a ti te quiere mucho, porque le llevas flores

pa'que adorne su altar!

 

-¡No Chamol, ya no hay tiempo pal'rezo!

 

Nemecia ya no pensó en la Virgen, no suplicó a los santos

Ni dobló las rodillas. Buscó entre los troncones

El machete de cinta y bien puesta la razón,

Y bien medida la calma, se fajó el corazón

Y se fajó bien el alma.

 

Ni marañas ni piedras detuvieron sus pasos,

Conocía bien las brechas porque sus pies enjutos

Hicieron los caminos.

 

Y cortó esos caminos por los desfiladeros

Como bestia acosada, la loba azuzada,

La garra afilada de una pantera.

 

Rastreando aquel monte no pensaba en nada,

Olfateaba al hijo.

 

No pensaba en Dios que a las ciervas mansas

Siempre las bendijo.

 

Maldijo las piedras que estorbaban sus pasos,

El charco lodoso que torció su camino;

Maldijo a la mujer que parió la maldad en los hombres,

Y que amamantó la mente que engendró la codicia.

Maldijo mil veces, todas las injusticias.

 

Olfateando cual perro de caza

No sintió fatiga ni sintió cansancio,

Olvidó su sed y olvidó su hambre,

Escalando el monte y pensando en su hijo.

Caminaba y dejaban sus pasos una sombra triste,

Huella de martirio, huella de dolor, huella de calvario.

 

Caminaba a grandes zancadas

Con todo el impulso de su amor materno.

 

La guiaba su instinto, su rabia, su fuerza,

Y el poder que lleva la madre en el alma,

Como escapulario, clavado en el pecho.

 

Trasudando llegó hasta la loma.

Frente a aquella turba que arrastraba a su hijo.

Levantó el machete y les gritó con rabia:

 

-¡Suéltenlo!-Y retumbó su voz entre las montañas-

¡Suéltenlo! ¡Suéltenlo! –Y golpeó en el instinto de las alimañas.

Y fue ese grito un impulso, un rugido

Que fue rebotando por todas las rocas,

Por todas las piedras del monte;

Y se hicieron mil voces, mil voces rugiendo.

 

-¡Suelten a mi hijo, perros del infierno!

 

¡La voz retumbaba por toda la punta del cerro,

Por todas las grietas, por todas las cuevas!

 

-¡Suelten a mi hijo, perros del infierno!

La voz retumbaba,  Por toda la punta del cerro.

Por todas las grietas, por todas las cuevas.

 

¡Por esos parajes guaridas de zorras,

Y por las guaridas que reptan las víboras!

-¡Suéltenlo perros del demonio!

 

Con saltos violentos llegó a donde estaba la reata colgada,

Y con el machete la partió en pedazos.

 

¡Malditos, mil veces malditos!

¡Malditos de cielo, de tierra y de infierno.

Poco vale pa'ustedes un hombre,

Vale menos aun que los perros,

Vale menos aun que las vacas.

 

Y lo iban ahorcar por justicia,

Y la justicia no está en las tinajas,

Y no es nada que puedan guardar en sus arcas.

 

 

Mijo no robó la vaca, le sangró las patas,

Y fue por venganza.

 

Ustedes humillan y estafan al peón

Que trabaja por unas migajas.

Ustedes han robado muchísimo más que una vaca,

Y nadie se atreve a colgarlos,

Y nadie les sangra las patas.

 

Ustedes han matado toda la esperanza...

Sólo han dejado el hambre en la casa,

Esa hambre que enferma y que cansa…

¡Yo soy el pueblo Elías, soy pueblo...

No me busques pleito,

No me des motivo pa'que arda la mecha

Que ya está queriendo!

 

Guarda bien tu casa... Guarda bien tus vacas...

Y guárdate las ganas de matar a mi  hijo,

Porque muy adentro me punza el coraje,

Y puede que me anime a encender la mecha.

 

¡Algo había en Nemecia...!

¡Ese amor de madre que es amor y fuerza!

Toda aquella turba se quedó muy tensa,

Se quedó en silencio, sintiendo vergüenza,

Frente a la mujer que estrujó sus torcidas conciencias…

 

Fue así que aquellos maleantes soltaron su presa

Y se dispersaron...

 

Sólo se quedaron Crisanto y Nemecia,

La madre y el hijo.

 

¡Y es que Dios bendijo a las siervas mansas,

Y a las lobas que llevan la garra en el alma,

También las bendijo!

 

Autor: Catalina Pastrana

miércoles, 26 de abril de 2017

PROYECTO 5 CONTANDO HISTORIAS: LAS MUJERES DEL GENERAL

PROYECTO 5 CONTANDO HISTORIAS:

Las mujeres del General.-

 “El ser derechista, como el ser izquierdista, supone siempre expulsar del alma la mitad de lo que hay que sentir”

― José Antonio Primo de Rivera.


Añorado por unos, odiado por otros, misterioso, crítico, señorial. Porfirio Díaz continúa siendo figura mítica en la historia de México. Su mandato representa el sueño de modernidad y desarrollo, así como los vicios de poder y  abuso de una dictadura que se extendió por más de 30 largos años.

Porfirio Díaz continúa ejerciendo una fascinación singular en la memoria de una sociedad que quizá… todavía no termina de comprenderlo.

En 1876 tras décadas de intervenciones extranjeras y conflictos internos, Porfirio Díaz ocupó la presidencia de  la República.

Díaz también dejó claro que cualquier revuelta política sería erradicada a la brevedad, tal como sucediera en Veracruz, cuando en 1879 un grupo de Lerdistas quiso levantarse en armas y el gobernador Mier y Terán recibió una terminante orden presidencial “MATALOS EN CALIENTE”

Pero dejemos a un lado la vida pública y vayamos a la vida privada, la que raras veces sale a la luz. Vamos a romper el silencio y hablemos un poco de las esposas del presidente.

Don Porfirio tuvo una relación con una mujer de Tehuantepec Juana Catalina. Ese vínculo amoroso con el general ha opacado su papel de promotora y dirigente de su entorno.

No hubo duda que la hermosa flor de Tehuantepec fue amante de Don Porfirio. Y «logró que el ferrocarril  pasara a dos metros de la casa de Juana Catalina».

Cuando Díaz asume por primera vez la presidencia esta casado con Delfina Ortega  quien era su sobrina carnal, hija natural de su hermana y del Dr. Manuel Ortega Reyes quien solamente le daría su apellido muchos años después, cuando el caudillo se lo exigió. Le exigió que legitimara a su esposa y lo recompensó con una senaduría.

Delfina había nacido también en Oaxaca en 1845 y Porfirio la había conocido desde la cuna, cuando jugaba como decían con su sonaja de semillas y en alguna ocasión que pasó por su casa después de las guerras de intervención y vio que ya era una jovencita floreciente pues decidió mandarle una carta que decía:

Querida Fina; estoy muy ocupado y por eso seré demasiado corto no obstante la gravedad del negocio que voy a proponerte a discusión y que Tú debes resolver con una sola palabra.

Es evidente que un hombre debe elegir por esposa a la mujer que más ame entre todas las mujeres si tiene seguridad de ser de ella amado, y lo es también que en la balanza de mi corazón no tienes rival, faltándome de ser comprendido y correspondido y sentados estos precedentes no hay razón para que yo permanezca en silencio ni para que deje al tiempo lo que puede ser inmediatamente.

Este es mi deseo y lo someto a tu juicio, rogándote que me contestes lo que te parezca con la seguridad de que si es negativamente no por eso bajarás un punto en mi estimación y en ese caso te adoptaré judicialmente por hija para darte un nuevo carácter que te estreche más a Mí, y me abstendré de casarme mientras vivas para poder concentrar en ti todo el amor de un verdadero padre.

“Si mi propuesta es de tu aceptación avísame para dar los pasos convenientes y puedas decírselo a Nicolasa, de no ser así te ruego que nadie sepa el contenido de esta,  que Tu misma procures olvidarla y la quemes.

No me propongas dificultades para que yo te las resuelva, porque perderíamos mucho tiempo en una discusión epistolar. Si me quieres dime “si” o “no” claro y pronto. Yo no puedo ser feliz antes de tu sentencia, pero no me la retardes.

“Más a lo sublime del amor hay algo desconocido para el idioma pero no para el corazón y para no tocar lo común en él me despido llamándome sencillamente tuyo.

Delfina le contesta seis días después, el 24 de Marzo

Mi muy querido Porfirio tengo ante mis ojos tu amable carta de fecha 18 del presente, no sé cómo comenzar mi contestación. Mi alma, mi corazón y toda mi máquina se encuentran profundamente conmovidos al ver los conceptos de aquella.

“Yo quisiera en este instante estar delante de ti para hablarte todo lo que siento y que mis palabras llegaran a ti tan vivas como son en sí; pero ya que la providencia me tiene separada de tu presencia tengo que darte la respuesta tan franca y clara como tu suplicas, pero me permitirás el que antes te diga varias reflexiones que se me ocurren que debiera exponértelas previamente, pero sacrifico este deber, solo porque te quiero dar un prueba de que vivo tan sólo para ti, y que sin prejuicio de que alguna vez tenga derecho a explicarte las citadas reflexiones, me resuelvo con todo el fuego de mi amor a decirte que gustosa recibiré tu mano como esposo a la hora que Tu lo dispongas, esperando que mi resolución franca la recibirás no como una ligereza que rebaje mi dignidad sino por no hacerte sufrir incertidumbres dolorosas.

Te ruego que cuides mucho tu buen nombre y entretanto que sepas que soy y será tuya…

Delfina…

13 años vivirían en matrimonio y con un profundo amor y respeto. Hasta el 8 de Abril de 1880 cuando ella muere de metroperitonitis puerperal.

El 5 de noviembre de 1881 un año y medio después de viudez, Porfirio se casa con María Fabiana Sebastiana Carmen Romero Rubio y Castelló.

Carmelita también pertenece a la época del romanticismo…

Nacida en 1864 hija de una familia de abolengo y riqueza que le dio una esmerada educación y exquisitos modales.

Ella hablaba perfectamente inglés y francés y de hecho se conocen en una recepción en la embajada de Estados Unidos donde El le pide que le dé clases de inglés.

Luego Don Porfirio le escribe:

“Yo debo decir a usted que la amo, estoy ya en la necesidad de seguirla a usted si no me lo prohíbe. Y al percatarse de tamaña carta de amor el padre de esta organiza el matrimonio de su niña de 17 años y el general de casi 51.

El matrimonio funcionó muy bien, se quedó con Carmelita y la respetó, ya no volvió a tener otra mujer.

Carmelita le enseñó a vestir y pulió sus modales, le enseñó el protocolo para moverse en los grandes salones de la época. Le blanqueó la cara con polvos de arroz, a ese soldadote le enseñó a comer con cubiertos, a no escupir en la alfombra, a no poner los codos sobre la mesa, a usar palillos, lo que no pudo enseñarle fue a escribir sin faltas de ortografía.