viernes, 28 de julio de 2017
sábado, 13 de mayo de 2017
POESÍA LA LOBA
Está
cincelada en mi conciencia,
Una
efigie de barro humedecido,
Y
no en la sola conciencia de mi cuerpo
Por
la inútil protesta enmohecido,
Sino
en la recia conciencia de la idea,
En
la fuerza de la razón,
Y
en la tibia dignidad que nos rodea.
Es
la efigie de una mujer,
De
barro dije,
Porque
es la tierra la que nutre sus pesares;
Es
la tierra donde finca sus altares,
Donde
crece el débil y el más fuerte,
Donde
siembran la vida y cosechan la muerte.
Mientras
canta el cenzontle
Se
trabaja la tierra;
Mientras
toda la flora se cubre de rocío,
La
tierra se trabaja.
La
yunta corta el surco cual filo de navaja
Con
la ilusión más santa,
Que
el jornal se termina,
Cuando
el sol ya declina
Y
el cenzontle no canta.
Ahí
entre la huizacheara y entre los matorrales,
Muy
cerca del encino donde la fronda oculta
La
historia del nahual,
Ahí
vivió Nemecia,
Su
casita de palma tenía como chinámil
Un
cerco de acahual.
Fue
ahí donde sus cantos arrullaron al hijo,
Le
vio crecer sumiso y madurar violento,
Siempre
con la mirada perdida bajo el sol.
Crisanto
era rebelde,
Creía
que era indigna la vida de su pueblo,
Que
era vano el esfuerzo y que era inútil su queja,
Porque
en la resolana siempre se confundía
Su
pena con la tierra y su cuerpo con las bestias.
Y
era peor que la bestia, más que todas las bestias,
Porque
dentro de su alma sangraba la protesta.
Nemecia
era tan mansa como una corderita,
Era
enjuta y pequeña, olía siempre a campo
Y
a la fragancia tenue de las flores marchitas.
Era
como una espiga entre flores de cactus,
Y
prodigaba su aroma en el sonido de su voz,
Cual
canto de la paloma.
Anudaba
a sus trenzas la cinta de colores
Cobijando
sus sueños bajo del toronjil,
Cuando
escuchó muy cerca el angustioso grito,
Un
niño la llamaba corriendo entre el calmil.
-¡Nemecia!
-le decía-
Se
llevan a Crisanto porque robó una vaca,
que's
que, es abigeo y te lo van a colgar.
Lo
llevaron pal'cerro, -el niño repetía-,
Se
fueron por la joya y en el amate prieto
Te
lo van a colgar.
Mientras
lloraba el niño. Nemecia se encrespaba
Como
animal salvaje a punto de atacar.
Surgiendo
el cambio brusco,
El
cardo por el nardo. Pantera por cordera.
De
la ovejita mansa a la loba matrera.
Con
la fuerza salvaje y transformada en fiera.
Se
levantó la madre, ya no miró aquel niño
que
triste suplicaba: ¡Reza Nemecia, reza!
¡Reza
pa'que la Virgen te oiga, la Virgen es muy buena
y
a ti te quiere mucho, porque le llevas flores
pa'que
adorne su altar!
-¡No
Chamol, ya no hay tiempo pal'rezo!
Nemecia
ya no pensó en la Virgen, no suplicó a los santos
Ni
dobló las rodillas. Buscó entre los troncones
El
machete de cinta y bien puesta la razón,
Y
bien medida la calma, se fajó el corazón
Y
se fajó bien el alma.
Ni
marañas ni piedras detuvieron sus pasos,
Conocía
bien las brechas porque sus pies enjutos
Hicieron
los caminos.
Y
cortó esos caminos por los desfiladeros
Como
bestia acosada, la loba azuzada,
La
garra afilada de una pantera.
Rastreando
aquel monte no pensaba en nada,
Olfateaba
al hijo.
No
pensaba en Dios que a las ciervas mansas
Siempre
las bendijo.
Maldijo
las piedras que estorbaban sus pasos,
El
charco lodoso que torció su camino;
Maldijo
a la mujer que parió la maldad en los hombres,
Y
que amamantó la mente que engendró la codicia.
Maldijo
mil veces, todas las injusticias.
Olfateando
cual perro de caza
No
sintió fatiga ni sintió cansancio,
Olvidó
su sed y olvidó su hambre,
Escalando
el monte y pensando en su hijo.
Caminaba
y dejaban sus pasos una sombra triste,
Huella
de martirio, huella de dolor, huella de calvario.
Caminaba
a grandes zancadas
Con
todo el impulso de su amor materno.
La
guiaba su instinto, su rabia, su fuerza,
Y
el poder que lleva la madre en el alma,
Como
escapulario, clavado en el pecho.
Trasudando
llegó hasta la loma.
Frente
a aquella turba que arrastraba a su hijo.
Levantó
el machete y les gritó con rabia:
-¡Suéltenlo!-Y
retumbó su voz entre las montañas-
¡Suéltenlo!
¡Suéltenlo! –Y golpeó en el instinto de las alimañas.
Y
fue ese grito un impulso, un rugido
Que
fue rebotando por todas las rocas,
Por
todas las piedras del monte;
Y
se hicieron mil voces, mil voces rugiendo.
-¡Suelten
a mi hijo, perros del infierno!
¡La
voz retumbaba por toda la punta del cerro,
Por
todas las grietas, por todas las cuevas!
-¡Suelten
a mi hijo, perros del infierno!
La
voz retumbaba, Por toda la punta del cerro.
Por
todas las grietas, por todas las cuevas.
¡Por
esos parajes guaridas de zorras,
Y
por las guaridas que reptan las víboras!
-¡Suéltenlo
perros del demonio!
Con
saltos violentos llegó a donde estaba la reata colgada,
Y
con el machete la partió en pedazos.
¡Malditos,
mil veces malditos!
¡Malditos
de cielo, de tierra y de infierno.
Poco
vale pa'ustedes un hombre,
Vale
menos aun que los perros,
Vale
menos aun que las vacas.
Y
lo iban ahorcar por justicia,
Y
la justicia no está en las tinajas,
Y
no es nada que puedan guardar en sus arcas.
Mijo
no robó la vaca, le sangró las patas,
Y
fue por venganza.
Ustedes
humillan y estafan al peón
Que
trabaja por unas migajas.
Ustedes
han robado muchísimo más que una vaca,
Y
nadie se atreve a colgarlos,
Y
nadie les sangra las patas.
Ustedes
han matado toda la esperanza...
Sólo
han dejado el hambre en la casa,
Esa
hambre que enferma y que cansa…
¡Yo
soy el pueblo Elías, soy pueblo...
No
me busques pleito,
No
me des motivo pa'que arda la mecha
Que
ya está queriendo!
Guarda
bien tu casa... Guarda bien tus vacas...
Y
guárdate las ganas de matar a mi hijo,
Porque
muy adentro me punza el coraje,
Y
puede que me anime a encender la mecha.
¡Algo
había en Nemecia...!
¡Ese
amor de madre que es amor y fuerza!
Toda
aquella turba se quedó muy tensa,
Se
quedó en silencio, sintiendo vergüenza,
Frente
a la mujer que estrujó sus torcidas conciencias…
Fue
así que aquellos maleantes soltaron su presa
Y
se dispersaron...
Sólo
se quedaron Crisanto y Nemecia,
La
madre y el hijo.
¡Y
es que Dios bendijo a las siervas mansas,
Y
a las lobas que llevan la garra en el alma,
También
las bendijo!
Autor: Catalina
Pastrana
miércoles, 26 de abril de 2017
PROYECTO 5 CONTANDO HISTORIAS: LAS MUJERES DEL GENERAL
PROYECTO
5 CONTANDO HISTORIAS:
Las
mujeres del General.-
“El ser derechista, como el ser izquierdista,
supone siempre expulsar del alma la mitad de lo que hay que sentir”
―
José Antonio Primo de Rivera.
Añorado
por unos, odiado por otros, misterioso, crítico, señorial. Porfirio Díaz
continúa siendo figura mítica en la historia de México. Su mandato representa
el sueño de modernidad y desarrollo, así como los vicios de poder y abuso de una dictadura que se extendió por
más de 30 largos años.
Porfirio
Díaz continúa ejerciendo una fascinación singular en la memoria de una sociedad
que quizá… todavía no termina de comprenderlo.
En
1876 tras décadas de intervenciones extranjeras y conflictos internos, Porfirio
Díaz ocupó la presidencia de la
República.
Díaz
también dejó claro que cualquier revuelta política sería erradicada a la
brevedad, tal como sucediera en Veracruz, cuando en 1879 un grupo de Lerdistas
quiso levantarse en armas y el gobernador Mier y Terán recibió una terminante
orden presidencial “MATALOS EN CALIENTE”
Pero
dejemos a un lado la vida pública y vayamos a la vida privada, la que raras
veces sale a la luz. Vamos a romper el silencio y hablemos un poco de las
esposas del presidente.
Don
Porfirio tuvo una relación con una mujer de Tehuantepec Juana Catalina. Ese
vínculo amoroso con el general ha opacado su papel de promotora y dirigente de
su entorno.
No
hubo duda que la hermosa flor de Tehuantepec fue amante de Don Porfirio. Y «logró
que el ferrocarril pasara a dos metros
de la casa de Juana Catalina».
Cuando
Díaz asume por primera vez la presidencia esta casado con Delfina Ortega quien era su sobrina carnal, hija natural de
su hermana y del Dr. Manuel Ortega Reyes quien solamente le daría su apellido
muchos años después, cuando el caudillo se lo exigió. Le exigió que legitimara a
su esposa y lo recompensó con una senaduría.
Delfina
había nacido también en Oaxaca en 1845 y Porfirio la había conocido desde la
cuna, cuando jugaba como decían con su sonaja de semillas y en alguna ocasión
que pasó por su casa después de las guerras de intervención y vio que ya era
una jovencita floreciente pues decidió mandarle una carta que decía:
Querida Fina;
estoy muy ocupado y por eso seré demasiado corto no obstante la gravedad del
negocio que voy a proponerte a discusión y que Tú debes resolver con una sola
palabra.
Es
evidente que un hombre debe elegir por esposa a la mujer que más ame entre
todas las mujeres si tiene seguridad de ser de ella amado, y lo es también que
en la balanza de mi corazón no tienes rival, faltándome de ser comprendido y
correspondido y sentados estos precedentes no hay razón para que yo permanezca
en silencio ni para que deje al tiempo lo que puede ser inmediatamente.
Este es mi
deseo y lo someto a tu juicio, rogándote que me contestes lo que te parezca con
la seguridad de que si es negativamente no por eso bajarás un punto en mi
estimación y en ese caso te adoptaré judicialmente por hija para darte un nuevo
carácter que te estreche más a Mí, y me abstendré de casarme mientras vivas
para poder concentrar en ti todo el amor de un verdadero padre.
“Si mi
propuesta es de tu aceptación avísame para dar los pasos convenientes y puedas
decírselo a Nicolasa, de no ser así te ruego que nadie sepa el contenido de
esta, que Tu misma procures olvidarla y
la quemes.
No me
propongas dificultades para que yo te las resuelva, porque perderíamos mucho
tiempo en una discusión epistolar. Si me quieres dime “si” o “no” claro y
pronto. Yo no puedo ser feliz antes de tu sentencia, pero no me la retardes.
“Más a lo sublime del amor hay algo
desconocido para el idioma pero no para el corazón y para no tocar lo común en
él me despido llamándome sencillamente tuyo.
Delfina le
contesta seis días después, el 24 de Marzo
Mi muy
querido Porfirio tengo ante mis ojos tu amable carta de fecha 18 del presente,
no sé cómo comenzar mi contestación. Mi alma, mi corazón y toda mi máquina se
encuentran profundamente conmovidos al ver los conceptos de aquella.
“Yo
quisiera en este instante estar delante de ti para hablarte todo lo que siento
y que mis palabras llegaran a ti tan vivas como son en sí; pero ya que la
providencia me tiene separada de tu presencia tengo que darte la respuesta tan franca
y clara como tu suplicas, pero me permitirás el que antes te diga varias
reflexiones que se me ocurren que debiera exponértelas previamente, pero
sacrifico este deber, solo porque te quiero dar un prueba de que vivo tan sólo
para ti, y que sin prejuicio de que alguna vez tenga derecho a explicarte las
citadas reflexiones, me resuelvo con todo el fuego de mi amor a decirte que
gustosa recibiré tu mano como esposo a la hora que Tu lo dispongas, esperando
que mi resolución franca la recibirás no como una ligereza que rebaje mi
dignidad sino por no hacerte sufrir incertidumbres dolorosas.
Te ruego
que cuides mucho tu buen nombre y entretanto que sepas que soy y será tuya…
Delfina…
13
años vivirían en matrimonio y con un profundo amor y respeto. Hasta el 8 de
Abril de 1880 cuando ella muere de metroperitonitis puerperal.
El
5 de noviembre de 1881 un año y medio después de viudez, Porfirio se casa con
María Fabiana Sebastiana Carmen Romero Rubio y Castelló.
Carmelita
también pertenece a la época del romanticismo…
Nacida
en 1864 hija de una familia de abolengo y riqueza que le dio una esmerada
educación y exquisitos modales.
Ella
hablaba perfectamente inglés y francés y de hecho se conocen en una recepción
en la embajada de Estados Unidos donde El le pide que le dé clases de inglés.
Luego
Don Porfirio le escribe:
“Yo
debo decir a usted que la amo, estoy ya en la necesidad de seguirla a usted si
no me lo prohíbe. Y al percatarse de tamaña carta de amor el padre de esta
organiza el matrimonio de su niña de 17 años y el general de casi 51.
El
matrimonio funcionó muy bien, se quedó con Carmelita y la respetó, ya no volvió
a tener otra mujer.
Carmelita
le enseñó a vestir y pulió sus modales, le enseñó el protocolo para moverse en
los grandes salones de la época. Le blanqueó la cara con polvos de arroz, a ese
soldadote le enseñó a comer con cubiertos, a no escupir en la alfombra, a no
poner los codos sobre la mesa, a usar palillos, lo que no pudo enseñarle fue a
escribir sin faltas de ortografía.