miércoles, 26 de abril de 2017

PROYECTO 5 CONTANDO HISTORIAS: LAS MUJERES DEL GENERAL

PROYECTO 5 CONTANDO HISTORIAS:

Las mujeres del General.-

 “El ser derechista, como el ser izquierdista, supone siempre expulsar del alma la mitad de lo que hay que sentir”

― José Antonio Primo de Rivera.


Añorado por unos, odiado por otros, misterioso, crítico, señorial. Porfirio Díaz continúa siendo figura mítica en la historia de México. Su mandato representa el sueño de modernidad y desarrollo, así como los vicios de poder y  abuso de una dictadura que se extendió por más de 30 largos años.

Porfirio Díaz continúa ejerciendo una fascinación singular en la memoria de una sociedad que quizá… todavía no termina de comprenderlo.

En 1876 tras décadas de intervenciones extranjeras y conflictos internos, Porfirio Díaz ocupó la presidencia de  la República.

Díaz también dejó claro que cualquier revuelta política sería erradicada a la brevedad, tal como sucediera en Veracruz, cuando en 1879 un grupo de Lerdistas quiso levantarse en armas y el gobernador Mier y Terán recibió una terminante orden presidencial “MATALOS EN CALIENTE”

Pero dejemos a un lado la vida pública y vayamos a la vida privada, la que raras veces sale a la luz. Vamos a romper el silencio y hablemos un poco de las esposas del presidente.

Don Porfirio tuvo una relación con una mujer de Tehuantepec Juana Catalina. Ese vínculo amoroso con el general ha opacado su papel de promotora y dirigente de su entorno.

No hubo duda que la hermosa flor de Tehuantepec fue amante de Don Porfirio. Y «logró que el ferrocarril  pasara a dos metros de la casa de Juana Catalina».

Cuando Díaz asume por primera vez la presidencia esta casado con Delfina Ortega  quien era su sobrina carnal, hija natural de su hermana y del Dr. Manuel Ortega Reyes quien solamente le daría su apellido muchos años después, cuando el caudillo se lo exigió. Le exigió que legitimara a su esposa y lo recompensó con una senaduría.

Delfina había nacido también en Oaxaca en 1845 y Porfirio la había conocido desde la cuna, cuando jugaba como decían con su sonaja de semillas y en alguna ocasión que pasó por su casa después de las guerras de intervención y vio que ya era una jovencita floreciente pues decidió mandarle una carta que decía:

Querida Fina; estoy muy ocupado y por eso seré demasiado corto no obstante la gravedad del negocio que voy a proponerte a discusión y que Tú debes resolver con una sola palabra.

Es evidente que un hombre debe elegir por esposa a la mujer que más ame entre todas las mujeres si tiene seguridad de ser de ella amado, y lo es también que en la balanza de mi corazón no tienes rival, faltándome de ser comprendido y correspondido y sentados estos precedentes no hay razón para que yo permanezca en silencio ni para que deje al tiempo lo que puede ser inmediatamente.

Este es mi deseo y lo someto a tu juicio, rogándote que me contestes lo que te parezca con la seguridad de que si es negativamente no por eso bajarás un punto en mi estimación y en ese caso te adoptaré judicialmente por hija para darte un nuevo carácter que te estreche más a Mí, y me abstendré de casarme mientras vivas para poder concentrar en ti todo el amor de un verdadero padre.

“Si mi propuesta es de tu aceptación avísame para dar los pasos convenientes y puedas decírselo a Nicolasa, de no ser así te ruego que nadie sepa el contenido de esta,  que Tu misma procures olvidarla y la quemes.

No me propongas dificultades para que yo te las resuelva, porque perderíamos mucho tiempo en una discusión epistolar. Si me quieres dime “si” o “no” claro y pronto. Yo no puedo ser feliz antes de tu sentencia, pero no me la retardes.

“Más a lo sublime del amor hay algo desconocido para el idioma pero no para el corazón y para no tocar lo común en él me despido llamándome sencillamente tuyo.

Delfina le contesta seis días después, el 24 de Marzo

Mi muy querido Porfirio tengo ante mis ojos tu amable carta de fecha 18 del presente, no sé cómo comenzar mi contestación. Mi alma, mi corazón y toda mi máquina se encuentran profundamente conmovidos al ver los conceptos de aquella.

“Yo quisiera en este instante estar delante de ti para hablarte todo lo que siento y que mis palabras llegaran a ti tan vivas como son en sí; pero ya que la providencia me tiene separada de tu presencia tengo que darte la respuesta tan franca y clara como tu suplicas, pero me permitirás el que antes te diga varias reflexiones que se me ocurren que debiera exponértelas previamente, pero sacrifico este deber, solo porque te quiero dar un prueba de que vivo tan sólo para ti, y que sin prejuicio de que alguna vez tenga derecho a explicarte las citadas reflexiones, me resuelvo con todo el fuego de mi amor a decirte que gustosa recibiré tu mano como esposo a la hora que Tu lo dispongas, esperando que mi resolución franca la recibirás no como una ligereza que rebaje mi dignidad sino por no hacerte sufrir incertidumbres dolorosas.

Te ruego que cuides mucho tu buen nombre y entretanto que sepas que soy y será tuya…

Delfina…

13 años vivirían en matrimonio y con un profundo amor y respeto. Hasta el 8 de Abril de 1880 cuando ella muere de metroperitonitis puerperal.

El 5 de noviembre de 1881 un año y medio después de viudez, Porfirio se casa con María Fabiana Sebastiana Carmen Romero Rubio y Castelló.

Carmelita también pertenece a la época del romanticismo…

Nacida en 1864 hija de una familia de abolengo y riqueza que le dio una esmerada educación y exquisitos modales.

Ella hablaba perfectamente inglés y francés y de hecho se conocen en una recepción en la embajada de Estados Unidos donde El le pide que le dé clases de inglés.

Luego Don Porfirio le escribe:

“Yo debo decir a usted que la amo, estoy ya en la necesidad de seguirla a usted si no me lo prohíbe. Y al percatarse de tamaña carta de amor el padre de esta organiza el matrimonio de su niña de 17 años y el general de casi 51.

El matrimonio funcionó muy bien, se quedó con Carmelita y la respetó, ya no volvió a tener otra mujer.

Carmelita le enseñó a vestir y pulió sus modales, le enseñó el protocolo para moverse en los grandes salones de la época. Le blanqueó la cara con polvos de arroz, a ese soldadote le enseñó a comer con cubiertos, a no escupir en la alfombra, a no poner los codos sobre la mesa, a usar palillos, lo que no pudo enseñarle fue a escribir sin faltas de ortografía.






 

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