PROYECTO
5 CONTANDO HISTORIAS:
Las
mujeres del General.-
“El ser derechista, como el ser izquierdista,
supone siempre expulsar del alma la mitad de lo que hay que sentir”
―
José Antonio Primo de Rivera.
Añorado
por unos, odiado por otros, misterioso, crítico, señorial. Porfirio Díaz
continúa siendo figura mítica en la historia de México. Su mandato representa
el sueño de modernidad y desarrollo, así como los vicios de poder y abuso de una dictadura que se extendió por
más de 30 largos años.
Porfirio
Díaz continúa ejerciendo una fascinación singular en la memoria de una sociedad
que quizá… todavía no termina de comprenderlo.
En
1876 tras décadas de intervenciones extranjeras y conflictos internos, Porfirio
Díaz ocupó la presidencia de la
República.
Díaz
también dejó claro que cualquier revuelta política sería erradicada a la
brevedad, tal como sucediera en Veracruz, cuando en 1879 un grupo de Lerdistas
quiso levantarse en armas y el gobernador Mier y Terán recibió una terminante
orden presidencial “MATALOS EN CALIENTE”
Pero
dejemos a un lado la vida pública y vayamos a la vida privada, la que raras
veces sale a la luz. Vamos a romper el silencio y hablemos un poco de las
esposas del presidente.
Don
Porfirio tuvo una relación con una mujer de Tehuantepec Juana Catalina. Ese
vínculo amoroso con el general ha opacado su papel de promotora y dirigente de
su entorno.
No
hubo duda que la hermosa flor de Tehuantepec fue amante de Don Porfirio. Y «logró
que el ferrocarril pasara a dos metros
de la casa de Juana Catalina».
Cuando
Díaz asume por primera vez la presidencia esta casado con Delfina Ortega quien era su sobrina carnal, hija natural de
su hermana y del Dr. Manuel Ortega Reyes quien solamente le daría su apellido
muchos años después, cuando el caudillo se lo exigió. Le exigió que legitimara a
su esposa y lo recompensó con una senaduría.
Delfina
había nacido también en Oaxaca en 1845 y Porfirio la había conocido desde la
cuna, cuando jugaba como decían con su sonaja de semillas y en alguna ocasión
que pasó por su casa después de las guerras de intervención y vio que ya era
una jovencita floreciente pues decidió mandarle una carta que decía:
Querida Fina;
estoy muy ocupado y por eso seré demasiado corto no obstante la gravedad del
negocio que voy a proponerte a discusión y que Tú debes resolver con una sola
palabra.
Es
evidente que un hombre debe elegir por esposa a la mujer que más ame entre
todas las mujeres si tiene seguridad de ser de ella amado, y lo es también que
en la balanza de mi corazón no tienes rival, faltándome de ser comprendido y
correspondido y sentados estos precedentes no hay razón para que yo permanezca
en silencio ni para que deje al tiempo lo que puede ser inmediatamente.
Este es mi
deseo y lo someto a tu juicio, rogándote que me contestes lo que te parezca con
la seguridad de que si es negativamente no por eso bajarás un punto en mi
estimación y en ese caso te adoptaré judicialmente por hija para darte un nuevo
carácter que te estreche más a Mí, y me abstendré de casarme mientras vivas
para poder concentrar en ti todo el amor de un verdadero padre.
“Si mi
propuesta es de tu aceptación avísame para dar los pasos convenientes y puedas
decírselo a Nicolasa, de no ser así te ruego que nadie sepa el contenido de
esta, que Tu misma procures olvidarla y
la quemes.
No me
propongas dificultades para que yo te las resuelva, porque perderíamos mucho
tiempo en una discusión epistolar. Si me quieres dime “si” o “no” claro y
pronto. Yo no puedo ser feliz antes de tu sentencia, pero no me la retardes.
“Más a lo sublime del amor hay algo
desconocido para el idioma pero no para el corazón y para no tocar lo común en
él me despido llamándome sencillamente tuyo.
Delfina le
contesta seis días después, el 24 de Marzo
Mi muy
querido Porfirio tengo ante mis ojos tu amable carta de fecha 18 del presente,
no sé cómo comenzar mi contestación. Mi alma, mi corazón y toda mi máquina se
encuentran profundamente conmovidos al ver los conceptos de aquella.
“Yo
quisiera en este instante estar delante de ti para hablarte todo lo que siento
y que mis palabras llegaran a ti tan vivas como son en sí; pero ya que la
providencia me tiene separada de tu presencia tengo que darte la respuesta tan franca
y clara como tu suplicas, pero me permitirás el que antes te diga varias
reflexiones que se me ocurren que debiera exponértelas previamente, pero
sacrifico este deber, solo porque te quiero dar un prueba de que vivo tan sólo
para ti, y que sin prejuicio de que alguna vez tenga derecho a explicarte las
citadas reflexiones, me resuelvo con todo el fuego de mi amor a decirte que
gustosa recibiré tu mano como esposo a la hora que Tu lo dispongas, esperando
que mi resolución franca la recibirás no como una ligereza que rebaje mi
dignidad sino por no hacerte sufrir incertidumbres dolorosas.
Te ruego
que cuides mucho tu buen nombre y entretanto que sepas que soy y será tuya…
Delfina…
13
años vivirían en matrimonio y con un profundo amor y respeto. Hasta el 8 de
Abril de 1880 cuando ella muere de metroperitonitis puerperal.
El
5 de noviembre de 1881 un año y medio después de viudez, Porfirio se casa con
María Fabiana Sebastiana Carmen Romero Rubio y Castelló.
Carmelita
también pertenece a la época del romanticismo…
Nacida
en 1864 hija de una familia de abolengo y riqueza que le dio una esmerada
educación y exquisitos modales.
Ella
hablaba perfectamente inglés y francés y de hecho se conocen en una recepción
en la embajada de Estados Unidos donde El le pide que le dé clases de inglés.
Luego
Don Porfirio le escribe:
“Yo
debo decir a usted que la amo, estoy ya en la necesidad de seguirla a usted si
no me lo prohíbe. Y al percatarse de tamaña carta de amor el padre de esta
organiza el matrimonio de su niña de 17 años y el general de casi 51.
El
matrimonio funcionó muy bien, se quedó con Carmelita y la respetó, ya no volvió
a tener otra mujer.
Carmelita
le enseñó a vestir y pulió sus modales, le enseñó el protocolo para moverse en
los grandes salones de la época. Le blanqueó la cara con polvos de arroz, a ese
soldadote le enseñó a comer con cubiertos, a no escupir en la alfombra, a no
poner los codos sobre la mesa, a usar palillos, lo que no pudo enseñarle fue a
escribir sin faltas de ortografía.